Norma Pons, la televisión, la democracia, el show debe seguir

Una cosa es pararse a los 71 años en una sala de teatro y recitar la letra de una obra como La Casa de Bernarda Alba y mostrar la presencia de una fabulosa actriz que llena el aire de arte y de vida. Otra muy distinta es ver a esa misma persona en los ensayos para un show de muchísima exigencia, tener muchas dificultades para seguir el baile, para girar, para moverse con agilidad, mostrando que algo no estaba bien. Se la veía como una anciana con muchas dificultades para estar en ese lugar.
El cuerpo dijo basta y un frío corrió por las espaldas de muchos que la admiraban como persona y actriz. El médico personal de Norma Pons develó que la actriz no tenía el alta médica para comenzar los ensayos de Bailando 2014 y que su capacidad respiratoria era del 40 por ciento.
Los médicos le desaconsejaron sumar este estrés laboral porque ella había tenido una internación en Mar del Plata por un problema respiratorio y su médico no le dio el aval para actuar en el programa de Tinelli.
¿Era una grande de verdad? Si así fuera o si eso pensaban los dueños del show, el programa posterior a su muerte no tendría que haber salido al aire. Pero ya sabemos cómo funciona esta máquina de picar carne: el show debe seguir. Así que luego de las palabras de ocasión del conductor del bailando, todo siguió como si nada hubiera pasado, y dejó en claro que ella solo era un instrumento que dio una buena audiencia con su muerte. Como cualquiera que pase por ahí, debe servir al objetivo del programa, audiencia, facturación y poder: lo importante es estar en la mente del público todo el tiempo y junto con los innumerables programas satélites que se desarrollan en base a este show, estirar la superficialidad durante las 24 horas del día.

La televisión genera valores

Productividad y rentabilidad son los objetivos centrales de la TV. El tiempo se vuelve oro, entonces, la rapidez de la imagen es más importante que la profundidad de la información y ésta se hace cada vez más breve, superficial e inconsistente. Se evita dar detalles que “compliquen” la vida del telespectador que ya no es un ciudadano sino un consumidor al que hay que proveer.
Por esto se naturaliza como algo más del show, la muerte de alguien, no importa quien sea.
Los ejecutivos de los canales, en general, le dan importancia a informaciones polémicas o trágicas como la muerte de Norma Pons o una salidera bancaria, que tratadas en forma farandulera mejora los índices de audiencia y la rentabilidad comercial, y rechazan las noticias que requieren más explicación y tiempo, aun cuando sean importantes.
La muerte de esta mujer, en el contexto que se produjo podría producir múltiples análisis que enriquecerían a los espectadores, con temas como la salud, el éxito o que es la muerte. Pero eso no tiene razón de ser para la lógica comercial.
Los análisis detallados, con saberes especializados no tienen espacio televisivo y si un invitado cuestiona racionalmente algún argumento banal, (que multiplica espectadores), es sacado literalmente de la consideración de la audiencia. Esto es una práctica común en los programas televisivos. Como muestra y ejemplo: en un ciclo de Intratables que va por canal 2 diariamente, estaban debatiendo sobre el nuevo Código Penal entre panelistas que no distinguían el código penal de un código contravencional y decían que las penas se bajaban, que los delincuentes saldrían más rápido, que todo era un desastre, a la vez que manifestaban no haber leído el nuevo código penal. Estaba entre los panelistas el periodista Pastore, que si había estudiado el código y refutaba con buen tino e información los disparates que se decían. El debate se prolongó y se anuncia que el tema seguiría al día siguiente. Al otro día, Pastore ya no estaba entre los panelistas
Giovanni Sartori, en su obra “Homo videns” advierte que la primacía de la imagen (la televisión) sobre la palabra escrita empobrece el entendimiento y la capacidad de abstracción y que esta situación significa un peligro para la vida democrática.

El acto de ver

El show de Tinelli y sus programas satélites para asegurar la audiencia y la parte comercial, las novelas, los programas políticos súper express, siempre con los mismos invitados según la ideología del programa, el futbol sin límites en el acto de ver, no es muy aconsejable y queremos adentrarnos a analizar la televisión, el ocio y las conductas relacionadas para poder ampliar la mirada sobre este fenómeno que invade la vida cotidiana como ninguno.
El papel de la televisión como fuente de entretenimiento no es puesto en duda, pero no puede convertirse en el centro de actividad en la necesidad del ocio. Lo visual, incluyendo los videojuegos e Internet que debieran ser un complemento de la palabra escrita y hablada, pero se ha convertido en el todo, en el ser central que nos educa políticamente y nos provee distracción en cada hora del día diluyendo el esfuerzo para mejores preparaciones intelectuales y humanas que provee la lectura y la participación activa en el destino de la comunidad. La omnipresencia de la televisión en la vida cotidiana significa un empobrecimiento sustancial de las capacidades del ser humano para conocer y entender, puesto que atrofia en buena medida, el nivel de abstracción y de pensamiento simbólico.
Los niños por ejemplo, ven decenas de horas de televisión antes de aprender a leer y a escribir. La impronta educacional es plenamente audiovisual, y si es excesiva la exposición, limita severamente la imaginación y la creación de los más pequeños.
El ser humano es antes todo un ser simbólico y se mueve siempre en el campo de las abstracciones, aunque no quiera o no esté educado para ello. En este sentido es buen ejemplo como fue tratada la muerte de Norma Pons, con superficialidad, con falta de reflexión sobre el hecho de la muerte, de que somos seres finitos, de la precariedad del éxito.
La televisión, ¿puede representar conceptos como libertad, felicidad o justicia? Sólo de una manera pobre, parcial y distorsionada.
El acto de ver como elemento formativo es tan fuerte para los sectores de poder, que abarca solo el seno particular, hay una abrumadora invasión del espacio público para trasmitir todo el tiempo valores estéticos y comerciales: hay televisión en todas las estaciones de los subterráneos, en todos los bares, en las principales esquinas de la ciudad. Esta invasión del espacio público produce, además, una contaminación visual muy importante que no es tenida en cuenta y los valores que destacan tiene que ver siempre con el tener, nunca con el ser. Es más, la idea la trasmiten todo el tiempo: cada uno es, en función de lo que tiene materialmente.

El televidente, la información y la democracia

A partir de un hecho concreto, como es la muerte de una persona considerada una diva (hubo muchos más casos tratados en forma similar o peor) o de sacar a un panelista porque no se ajusta a seguir las reglas del show con un tema crucial como es el código penal, ayuda a profundizar la reflexión y entender los mecanismos que se juegan en este medio de comunicación y la relación que tiene con la democracia y los valores que se impulsan socialmente.
La televisión consiguió algo que nunca o casi nunca logró la prensa escrita: los intermediarios no son relevantes, sólo el medio en sí es importante.
Algo es, o no es, tan sólo porque lo ha mostrado la televisión, dicho de otra manera, lo que es, es lo que existe en la televisión.
Esta circunstancia es crucial y nos lleva a analizar qué información se está ofreciendo a través de la pantalla. Es interesante para quienes están informados por lecturas más detalladas, como se parcializa la información para torcer el entendimiento de los espectadores sobre temas puntuales.
Sartori y otros analistas dividen esta práctica en dos tipos: la subinformación, es decir, una información insuficiente que provoca reduccionismos peligrosos y no sirve para conformar una opinión de peso; y la desinformación, una distorsión y manipulación de las noticias en el afán de buscar siempre lo novedoso y excitante para generar audiencia.
Es decir, una vez que se ha impuesto en el espectador que si no sale por televisión no existe, sólo se muestra aquello que es susceptible de ser transformado en espectáculo, sean opiniones políticas, peleas de actrices o asesinatos, da lo mismo.
Las noticias deben ser excitantes y emotivas para mantener al público atado al sofá y para formar opinión y tendencia.
Democracia es “poder del pueblo”, pero hasta qué punto el pueblo ejerce ese poder: ¿es sólo cuando elige a quien lo va a representar? ¿Por qué elige a ese representante? ¿Sabe su programa de gobierno?.
En este punto, salvo aquellos sujetos que participan y se involucran en la esfera política y social, en temas comunitarios, la gran mayoría está encerrada en su casa, educándose en buena medida con lo que nos trasmite los programas televisivos y la interacción a través de Internet. Y es a través de estos medios que ejercen muchas veces la elección, no solo de una opinión, sino de un candidato del que conoce poco y nada.
Por lo tanto, hay una gran probabilidad que los directivos y empresarios que seleccionan las informaciones y temas a tratar en los medios masivos, entre ellos la televisión, se conviertan en administradores del orden simbólico de la población y alimenten no solo opiniones, sino conductas concretas hacia el lado que quieren esos medios masivos, incluida, sin ninguna duda, la elección de los cargos directivos públicos.

Como se forma la opinión

Cuando vemos la relación entre televisión y democracia, tenemos que detenernos en la formación ciudadana, sea a través de la manipulación de la agenda mediática como de las encuestas.
En el análisis de la formación de la opinión, Sartori dice, con claridad, que es necesario entender que la opinión no es saber, no es ciencia. Es un parecer, una idea subjetiva que no requiere de prueba alguna, son convicciones frágiles y variables. Cuando esas opiniones están moldeadas por flujos de información masiva pueden ser “hetero-dirigidas”.
En el caso de la televisión el proceso de opinión se produce de arriba hacia abajo, por repetición constante, por la fuerza avasallante de la imagen repetida hasta el hartazgo, que elimina toda autoridad racional.
Otra forma de generar opinión “pública” son los sondeos y encuestas. Un grupo de personas opinan sobre un tema determinado, en una encuesta o en un reportaje al paso y los conductores de la televisión lo presentan como si así pensara el resto de los millones de ciudadanos que habitan un país y sugieren, además, que se debería pensar así.
Para resumir estas ideas: las imágenes de acontecimientos son “voces públicas” y se completan con las encuestas, las opiniones al paso o con alusiones de invitados opinadores sin formación académica sobre los temas que opina, o conductores televisivos que miran todo el tiempo el minuto a minuto a ver si el tema tratado o el invitado da o no audiencia. Con esto deciden producir más show, no importa el tema, si no les va bien en este punto. La formación de opinión está íntimamente relacionado con la agenda diaria que imponen los medios masivos y que luego los televidentes repiten como verdades reveladas, sin búsqueda de información adicional para saber si la información está bien fundada o si el tema que imponen como “lo más importante” es tan así.

La agenda es parte del Show

El tratamiento televisivo busca audiencia sin importar el método y reduce la racionalidad sin generar ninguna solución a los problemas planteados. En realidad la televisión agranda los problemas y muchas veces los crea donde no existen. Un asesinato puede tratarse durante dos meses en emisiones diarias como sucedió con la muerte de la adolescente Ángeles o hablar del dólar paralelo, durante varias semanas las 24 hs del día, sin que nadie se ruborice.
En algunas épocas, es el tema de las violaciones o los asesinatos. Se tratan tres o cuatro casos (lamentables por cierto) que ocurrieron en lugares bien distantes entre sí. Se repite el tema todo el día, las 24 horas, en varios canales a la vez. Vienen los expertos y los opinadores hasta que el tema se agota luego de causar profunda zozobra a toda la teleaudiencia. Luego es el momento del narcotráfico, del paco, de los chicos que hacen la previa, de la infidelidad, de la violencia de parejas, y así, desfilan los temas como en un gran circo multifacético, temas políticos tratados y mezclados con informaciones de la farándula.
Estas constantes repeticiones y las opiniones poco fundadas de los personajes mediáticos pasan a ser “opinión pública”, “realidades absolutas”, sin análisis racionales, sin saberes complejos que expliquen las situaciones, pero más grave aún: ocultando aquellas acciones, personajes, acontecimientos, noticias, que se contraponen a esta enjundia negativa.
Hay una intencionalidad en esto: la trasmisión del desánimo constante, de la idea de que todo está mal, de que los jóvenes son drogadictos, borrachos o ladrones, que los políticos son corruptos, que no hay estado.
Esto genera opinión, disposición, tendencia. Y la situación va más allá de favorecer o no a algún candidato político.
Es una intencionalidad mucho más abarcadora, es la conformación, la reprogramación, la conducción del ser humano hacia los valores de la sociedad de consumo y del vacío existencial.
El programa de Tinelli no tendría que haber salido al aire luego de la muerte de Norma Pons.
Pero, como en otros temas, el show, deciden unos pocos que debe seguir como sea.