El rol ciudadano desde la propia vereda

Por Gisela Mancuso

A todos nos pasa un dolor. A todos nos duele una carencia. A todos, operativamente o en potencia, nos sobran las ganas de la dignidad, de la inmediatez de una pasajera pero recurrente alegría. Todos somos un país al que le hemos construido una cultura, sobre el que hemos sembrado carnavales y felices fiestas. Todos somos también “el país” al que se le ha construido una cultura, sobre el que hemos sembrado penales mal cobrados y tiros de esquina y media cancha.

FOTO 15 GISELA Calesita Devoto en Plaza Arenales

Cada uno intenta dominarse, armarse y rearmar el país que es. ¿Cuál es, en este orden de ideas, la función que podemos —y me atrevo a decir “debemos”— cumplir en torno a las cuestiones de los hombres y mujeres que administran, con nuestro dinero delegado, las problemáticas de un gran edificio que contiene una diversidad de paisajes, de voces que gritan y de otras que se descalzan de palabras por miedo?

Si amamos “demasiado” a nuestros empleados, los dirigentes elegidos por voluntad popular, pasa lo que pasa cuando amamos demasiado a algún amor: nos desaparecemos, perdemos la unicidad y la crítica. De igual manera, si el resentimiento es desmedido o irracional o, simplemente, un capricho: focalizamos en lo externo desde un interior embargado sin lograr encausar nuestra propia experiencia de vida.

Se instala una devoción, por amor o desamor, a favor o en contra que, entiendo, no es funcional a nuestro ser ciudadanos y menos aún a nuestra condición de receptores de las buenas o malas políticas de estado. Debemos convivir. Interactuar recuperando, no solo la propia convicción, sino también la capacidad de opinar y decir todo aquello que  se yergue como un aporte para nuestra mejor vida, y no patalear porque en condición de súbditos han criticado o investigado a quienes fueron y son nuestros gobernantes.

Y es visceral pensar así la democracia. Es medular pensar que así se fortalece: asumiendo, ante todo, que los transitorios administradores del gran edificio en el que habitamos, son equipos de trabajo que deben propender no a la calma intrínseca del propio dolor o la sensación de sinsentido y de carencia privada —de la que solo nos podemos ocupar nosotros— sino a la asunción de una cultura dinámica en la que las instrucciones de las reglas del juego indican que siempre debemos ganar los ciudadanos y, si ganan “ellos”, entonces hubo trampa.

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Entonces es precisa la crítica: la del pasado para entender y mejorar el presente; la del presente para construir un mejor futuro; y la del futuro para que se evite una pobreza cero de espíritu, condición, creo primordial, para que ni un solo ser humano muera de hambre o viva en condiciones míseras.

Aun con las limitaciones económicas de mis contextos, desde muy chica supe que el bastión de la dignidad sería la viga en la que me iba a sostener toda la vida. Es el lugar desde el cual mi rol ciudadano, desde la vereda del barrio, todavía rodeado por adoquines y yuyos entre grietas, me conduce a pensar en el todo del que soy parte y en la necesidad de que sea un poco más fácil dialogar con los otros, creer en los otros, criticar —sin ser insultado— a quienes nos gobernaron malversando nuestra honestidad y seguir muy de cerca, “con los ojos muy grandes” a quienes hoy son transeúntes que hemos empleado para que administren nuestra cosa pública.

Y sí, volver a sentarse en la vereda a tomar mate cuando la brisa es más fresca que el sol impregnado en las paredes o cuando el sol, en invierno, afuera, amaga con acariciarnos en tanto la casa se ha enfriado y todo escalofría. Mirarse. Autodeterminarse. Recuperar el propio deseo y la propia convicción. No permitir que nadie se adueñe ni de nuestra voluntad ni de nuestro pensamiento.

Y pedir, siempre pedir, que nuestros empleados legislativos, ejecutivos y judiciales laboren en pos de la recuperación y el afianzamiento de la equidad, la justicia, la libre expresión y la posibilidad de concretar, con esfuerzo y trabajo, procurando ser mejores personas cada vez, el proyecto de vida, ahora sí individual, que nos hemos propuesto para estar un poco menos enfadados y ser un poco más felices.

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