Por Alberto Müller
Grupo Fenix
21 de junio de 2026
Uber viene siendo una salida laboral relevante en tiempos de crisis del trabajo formal.
Juan está en su casa, viviendo de sus recursos, que le permiten estar haciendo ocio, o sea, navegar por internet. Le llega por esa vía un aviso publicitario de zapatillas que están de 10. Pero no tiene con qué comprarlas. Justo enfrente de la casa de Juan hay una fábrica de bulones, que tiene forma de emplearlo. Juan cruza la calle, entra a la fábrica, y trabaja un tiempo (digamos, de 15.37 hs a 22.45 hs).
Le pagan con la producción adicional que se logra a partir de su participación. Este “salario” le compensa el esfuerzo de salir de su casa y perder tiempo de ocio. Y allí vuelve, con su “salario” y la sana intención de convertir esa compensación en el par de zapatillas, que pide por internet y le llegan al día siguiente.
Los profanos no lo saben, ni tienen porqué saberlo. Pero es exactamente éste el planteo con que los economistas se forman en las licenciaturas donde se enseña la teoría económica ortodoxa, cuando se trata de entender cómo funciona un proceso productivo y cómo decide un individuo incorporarse al mismo.
Es fácil comprobarlo, en cualquier libro de Microeconomía se verá retratado de manera formal buena parte de lo que decimos en los párrafos precedentes. Cada uno trabaja si quiere, por el tiempo que le resulte conveniente, a partir de su particular ecuación de trabajo y ocio, y recibe como pago la producción adicional que se generó gracias a su trabajo. Llegado el caso, podría no trabajar.
Preguntas
¿De dónde obtiene Juan los recursos “suyos”, anteriores a la decisión de ir a trabajar, y que le permiten vivir sin trabajar (y sin zapatillas), llegado el caso?
¿Puede un proceso productivo funcionar de esta forma, con gente que entra y sale del mismo a cualquier hora, sin necesidad de coordinar siquiera horarios de entrada y salida?
¿Puede medirse con precisión cuánto fue la producción que pudo obtenerse gracias al empleo de Juan y fijar así su remuneración?
Un alumno consciente – diría una célebre y olvidada profesora británica de Economía – hará preguntas como éstas, porque la historia suena muy irreal: la mayoría de la gente no tiene recursos y trabaja por necesidad; la mayoría de los procesos productivos requieren que los trabajadores entren y salgan a horarios determinados; y casi nunca es posible atribuir una unidad del producto a un trabajador específico, porque es el resultado de un esfuerzo conjunto de trabajadores, apoyados por eventuales máquinas.
Es por eso, de hecho, que se le paga al trabajador por tiempo, y no por el producto “aportado”.
Pero –dirá esta profesora– se apura al alumno para que pase al punto siguiente, explicándole con cierto desdén que no se puede atender a todos los detalles concretos al mismo tiempo. Al fin de cuentas, estamos haciendo Ciencia, ¿no? Y eso consiste en hacer las abstracciones que hagan falta.
¿Y qué hay de los profanos en cuestiones de teoría económica, cuando se topan con un planteo tan alejado del sentido común? Sin ironía y con simpleza, los profanos podrían preguntarse legítimamente si la historia de los libros de Micreconomía tiene alguna relevancia práctica; o sea, si sirve para algo.
Seguramente, uno no se imagina a ingenieros o médicos formándose en historias inverosímiles, cuando se trata de construir un puente o encarar a un paciente.
Respuestas
Hay dos tipos de respuestas, y me pregunto si la generalidad de los economistas lo ve así.
Por un lado, la que nos dirá –una vez más– que es una historia simplificada, que recoge los trazos fundamentales de esta cuestión, lo que nos permite tener claridad acerca de dónde está lo que interesa.
La otra respuesta nos dice que esto no es más que una metáfora, una historia pedagógica que no pretende ser realista, sino un ejercicio de análisis ordenador. Esto es lo que dice nada menos que Paul Krugman, un no tan heterodoxo Premio Nobel:
“la Microeconomía en su mayor parte es una metáfora, que puede ser útil en la medida en que no se la tome al pie de la letra”.
Ahora bien, el problema llega cuando la primera respuesta es la que prevalece. Lejos estoy de ser un historiador del pensamiento económico. Pero mi personal percepción es que hasta determinado momento se entendía la historia como una metáfora (o un relato); esto, sobre todo cuando la teoría económica ortodoxa estuvo sobre todo en manos de la escuela neoclásica británica, donde se formó la profesora, de la mano del muy británico Keynes.
Una escuela que enseñaba a razonar, pero no al matrimonio indisoluble con determinada idea. Como decía un profesor de Cambridge, “sobre todos los temas hay dos opiniones”; no por nada David Hume es británico.
Fundamentalismo
Pero después algo pasó, cuando la sede de la corriente teórica principal de la Economía (la base de los actuales textos de Microeconomía) cruzó el Atlántico y se radicó en Estados Unidos. Allí, la metáfora pasó a tomarse como historia verdadera.
Esta suerte de fundamentalismo se fue adueñando de la academia, pese a la importancia que supieron tener economistas institucionalistas estadounidenses de fuste, como John Commons, Wesley Mitchell y John K. Galbraith.
Algunos dirán –encogiéndose de hombros– que esto se sabe, y que es de sabios saber administrarlo (el políptoton es intencional). Pero hechos recientes le están dando otro cariz a esta cuestión. Vamos a esto.
La Economía ha pretendido construir, particularmente en su versión ortodoxa, una teoría general acerca de cómo son las cosas en el ámbito de la producción, y esta teoría es precisamente la que utilizamos para el ejemplo del principio.
Una teoría general de la producción es en realidad una completa quijotada: la división del trabajo hace que las actividades productivas se tornen cada vez más diferentes entre sí, y por lo tanto no hay mucho lugar para generalizaciones.
Si la Economía convencional hubiera comprendido, como sí lo hicieron escuelas de raíz clásica o institucionalista, que su razón de ser en el mundo es el análisis del sistema capitalista, esto se habría entendido en forma espontánea: el Capitalismo es entre otras cosas un sistema que desarrolla sistemáticamente la división del trabajo, como enseñaba ya Adam Smith.
Ahora, tanto si el relato sobre Juan fuera una mera metáfora o un intento desafortunado de construir una teoría general sobre cómo es la producción, este artículo terminaría con esta constatación: la Microeconomía construye una metáfora, y como tal debe usarse con cuidado, porque las metáforas, cuando se las saca de contexto, pierden rápidamente eficacia.
Claro que habría que pensar en teorías más realistas acerca de cómo son las cosas en el universo de la producción; pero esto escapa a la economía convencional, más atada a formas “científicas”.
En conclusión, debe tomarse con circunspección al economista ortodoxo, cuando habla del proceso productivo. Como dijera la profesora británica, hay que estudiar Economía para cuidarse de los economistas. Punto final.
Economía Uber
Pero hechos recientes cambian el panorama. Nos referimos a las plataformas: la historia de la Microeconomía de golpe pasa a ser el soporte de la “Economía Uber”. Esto no es muy difícil de comprender. Basta reajustar el ejemplo que involucra a Juan.
Juan está en su casa, con un vehículo en la puerta. Recibe el aviso publicitario de las zapatillas, y quiere comprarlas. Decide entonces dejar de lado el ocio y sale con su auto, hace algo de actividad en Uber, recauda lo que necesita (descontados los gastos de combustible y algo más), vuelve a su casa y encarga las zapatillas.
Ahora sí, la metáfora deja de serlo, en un aspecto crucial: Juan efectivamente trabaja el tiempo que desea trabajar, tiene un vehículo cuyo origen no conocemos, y el producto de su trabajo personal puede ser identificado sin dudas: es el transporte de x personas. Esto es, la Microeconomía se convierte en una racionalización de la Economía Uber.
No podía haber mayor motivo de alegría para el Libertarismo, que ve justificada en la academia su visión de un mundo de individuos que se integran voluntariamente y cuando les viene en gana al proceso productivo, como cuentapropistas que se esfuerzan para lograr lo suyo, y además no recurren a acciones colectivas molestas o “distorsivas” (¿cómo puede haber sindicatos si cada uno entra y sale de trabajar a la hora y el día que le conviene?).
Se produce así una resonancia entre la realidad de moda –la economía de plataformas que todo lo explica, desde la eficiencia hasta el resultado de las elecciones– y la academia. Esto es algo potente.
En este contexto de la Economía Uber, no sorprende que un Presidente pueda hablar directamente en términos de teoría económica convencional en sus discursos políticos. El relato que emerge de la teoría se adhiere espontáneamente a un caso práctico, bastante difundido además.
Desde ya, a esta asociación entre economía de plataformas y Microeconomía podemos hacerle preguntas como las que le reprimieran al estudiante inquieto: ¿Es cierto que hay recursos previos de los que vivir, antes de subirse al vehículo-Uber?
¿Puede funcionar así cualquier proceso productivo, con gente que entra y sale cuándo quiere, siendo que podemos determinar cuánto produce cada uno?
Para responderlas, no hace falta mucho más que sacarse las antiparras y ver la realidad.
Es posible que el conductor de Uber tenga otros recursos; pero no le llueven del cielo (salvo el caso excepcional de vivir de la herencia de alguna tía, en su momento, rica). La mayoría de las personas tenemos como recurso principal nuestra capacidad de trabajo, y solo nos queda venderla, a cambio de un salario o de un producto o prestación; no tenemos la posibilidad de elegir el ocio para dedicarlo a internet, en lugar de trabajar.
No trabajamos el tiempo que queremos, sino el que necesitamos para sobrevivir; cuando mucho, podremos ajustar nuestro tiempo de trabajo en el margen (haciendo horas extra, por ejemplo).
Una vez más, un proceso productivo “a la Uber”, claramente no es algo generalizable. Una siderurgia, un supermercado o un consultorio médico no operan sobre la base de que “empiezo cuando llego, termino cuando me voy”.
Y a no equivocarse, la jornada de trabajo flexible no es un ejemplo; allí, la entrada y salida se producen por decisión de la patronal, que ordena así la vida productiva, evitando ociosidades, al costo llegado el caso de desordenarle la vida al trabajador.
Ahora, es interesante señalar lo siguiente. Cuando nace la Economía, de la mano del también naciente Capitalismo Industrial, el proceso productivo que se adopta como representativo es precisamente el de la industria manufacturera; de allí brotan la mayor parte de los ejemplos (cuando se los requiere), al hablar de Economía puramente teórica.
Pero ahora parece ser que la Economía de Plataformas, la Economía Uber, brinda el ejemplo a mano: funciona análogamente al planteo microeconómico.
La gran falacia de todo esto es que ese fantástico crecimiento de la productividad que vino de la mano del Capitalismo no se originó en procesos productivos tipo Uber, sino en la organización de base industrial, que luego se fue esparciendo a otros sectores (comercio, transporte, comunicaciones), aunque desde ya con sus particularidades.
Una organización que ante todo privilegió la cooperación y la división del trabajo, dos características ausentes en el proceso productivo Uber; una organización donde el trabajador tiene que entrar y salir a horarios determinados.
Asociar la Economía Uber a la Microeconomía puede llevar a pensar que ésta es la representación adecuada para entender una economía capitalista.
Pero solo es un engaño, apto llegado el caso para forzar, por ejemplo, reformas laborales como las que se proyectan por estos días, con la bandera de la flexibilización.
