La dimensión territorial de las desigualdades sociodemográficas en Buenos Aires

Por *Mariana Marcos y  Gabriela Mera*

A los contrastes históricos norte/sur y centro/periferia se suman hoy nuevas diferenciaciones, que condicionan el acceso pleno e inclusivo a la ciudad para una parte importante de su población.

 

*Socióloga (Universidad de Buenos Aires), Especialista en Demografía Social (Universidad Nacional de Luján) y Doctora en Ciencias Sociales (Universidad de Buenos Aires). Investigadora del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET), con sede en el Instituto de Investigaciones Gino Germani, y docente e investigadora de la Universidad Nacional de Tres de Febrero. Investiga temas de geo-demografía y desigualdades intraurbanas en la Región Metropolitana de Buenos Aires

¿Qué tiene la geo-demografía para aportarnos sobre la ciudad y sus pobres?

Susana Torrado, referente indiscutida de los estudios demográficos en la Argentina, nos recuerda de forma didáctica en cada uno de sus libros, artículos y clases magistrales que los comportamientos individuales en los que se ponen en juego derechos humanos fundamentales, de forma agregada determinan atributos demográficos básicos de la población.

Así, al elegir con quién se comparte la vivienda y se hace equipo para cubrir los gastos cotidianos, queda determinada (de forma agregada) la estructura que tienen los hogares; al decidir si se tiene hijos, cuándo se los tiene y cuántos serán en total, se contribuye a la cantidad de nacimientos que ocurren anualmente en una población (natalidad) y la cantidad total de hijos que tienen las mujeres a lo largo de su vida fértil (fecundidad); la búsqueda de los mayores niveles de bienestar posibles en un contexto determinado –lo cual incluye el acceso a los máximos estándares de salud– incide en los fallecimientos que se producen anualmente (mortalidad) y en el tiempo de vida promedio de las personas (esperanza de vida); y con los desplazamientos y la búsqueda del mejor lugar para vivir quedan determinados los patrones migratorios y la distribución espacial de la población.

En este ejercicio de sus derechos –atravesado tanto por preferencias compartidas como por (im) posibilidades individuales y estructurales–, los grupos sociales imprimen sus características agregadas en distintas escalas, dando origen a diferencias entre el campo y la ciudad, entre regiones, entre provincias e inclusive entre las áreas de la ciudad en las que preponderan unos y otros.

En el nivel urbano, que es el que interesa aquí, las pujas por el acceso a las zonas más valoradas, mejor conectadas y dotadas de servicios, y con viviendas más confortables, quedan cristalizadas en la conformación de contextos en los que se asientan grupos sociales distintos, que imprimen sus atributos sociodemográficos en ellos.

En este marco, lo que proponemos es entender a los pobres como aquellos actores que ven vulnerados sus derechos en una estructura social eminentemente desigual, y a las áreas pobres de la ciudad como aquellos lugares a los que lograron acceder los sectores más desfavorecidos de la población en una estructura espacial eminentemente polarizada.

De esta manera, haciendo foco en la dimensión territorial de los comportamientos demográficos–agregándole el “geo” a la demografía–, nos proponemos incorporar a la discusión sobre la pobreza urbana dos dimensiones fundamentales, que sólo pueden abordarse desde una mirada cuantitativa.

Por un lado, la posibilidad de sobrevolar la ciudad y recuperar la escala macrosocial metropolitana (la aglomeración Gran Buenos Aires en su conjunto), pero descomponiéndola a su vez a nivel microespacial para captar sus profundas desigualdades internas. Y, por otro lado, trascender el universo de “los pobres”, para incluir a toda la escala social, de manera de entender las particularidades que atraviesan a la base de la estructura en contexto y desde una perspectiva relacional.

Buenos Aires, un asentamiento humano desigual

Buenos Aires es un ámbito complejo en muchos sentidos. En primer lugar, si se hace abstracción de las caprichosas subdivisiones político-administrativas (provincias y municipios) y del imaginario colectivo (Capital y conurbano), y se atiende a la totalidad de la mancha urbana que se recorta en el territorio, Buenos Aires es una aglomeración o asentamiento humano de aproximadamente 246 hectáreas y 14 millones de habitantes.

Se despliega sobre la totalidad de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires y parte de la provincia de Buenos Aires, abarcando de forma total 14 partidos bonaerenses y parte del territorio y la población de otros 18. Es decir que su administración no solo no está centralizada, sino que recae en 2 gobiernos provinciales y 32 gobiernos municipales, entre los que se pueden encontrar grandes diferencias de recursos –humanos y presupuestarios– y orientaciones políticas.

La geo-demografía viene a completar este panorama, dando cuenta de la existencia de profundas desigualdades territoriales a su interior (socioeconómicas, demográficas y de condiciones de vida) de trama muy distinta a la político-administrativa.

Según datos del último Censo de Población de 2010, la Aglomeración Gran Buenos Aires cuenta con 13.588.171 personas, de las cuales 3.800.000 se encuentran fundamentalmente en un área de nivel socioeconómico alto o muy alto conformada por el centro y norte de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, los municipios costeros del norte (Vicente López y San Isidro) y las zonas centrales de los demás municipios localizadas a lo largo de las vías de comunicación ferroviarias que dinamizaron el crecimiento de la ciudad durante la etapa industrial (1930-1970).

Desde este núcleo, el nivel socioeconómico se degrada progresivamente hacia la periferia, y las áreas de nivel socioeconómico intermedio, que reúnen unos 4.000.000 de habitantes, son la antesala de las áreas más degradadas y peor comunicadas, por tratarse de zonas periféricas o intersticiales (entre los ejes de crecimiento de la ciudad), en las que se asientan 5.600.000 personas.

Las villas y los barrios cerrados constituyen una importante excepción a este patrón, en tanto algunas de las primeras –las que sobrevivieron a los intentos de erradicación de la última dictadura–se encuentran localizadas dentro de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, y la totalidad de los segundos, donde se asentaron familias de mayores recursos desde fines del siglo XX, se localizan en la periferia de la ciudad, irrumpiendo en los contextos que tradicionalmente habían estado reservados para los sectores populares.

La estructura actual de la Aglomeración Gran Buenos Aires cristaliza así, como capas superpuestas de su historia, las huellas de diferentes procesos, donde los contrastes históricos entre el eje norte y la zona suroeste, el centro y la periferia, conviven ahora con nuevas diferenciaciones a nivel microespacial, tanto en el centro como en las afueras de la mancha urbana, quedando conformado un difícil panorama que desafía y condiciona el acceso pleno e inclusivo a la ciudad para una significativa porción de su población.

Figura 1.Nivel socioeconómico y límites provinciales y municipales. Aglomeración Gran Buenos Aires, 2010

Lo que esconden los promedios: las poblaciones de la ciudad

Si se “desarman” los datos demográficos agregados de la ciudad para explorar cómo es la población de contextos de diferente nivel socioeconómico, en líneas generales, cuanto menor es este último, más joven y equilibrada por sexo es la estructura de la población, es decir que más abultada es la base de la pirámide, donde se ubican los niños y adolescentes, y más estrecha la cúspide, donde se ubican los adultos mayores y ancianos; y más simétrico el lado izquierdo (varones) con respecto al derecho (mujeres).

De este modo, en los sectores de la ciudad más acomodados los menores de 20 años representan el 21,4% de la población y los adultos de 65 o más años el 16,8%, mientras que en los contextos más desfavorecidos los niños y adolescentes son casi el 45% de la población y los adultos mayores apenas representan el 3,5%. También son más los inmigrantes en las áreas de nivel socioeconómico bajo, lo cual deja en evidencia las dificultades adicionales que tienen estos colectivos para acceder a otros contextos de la ciudad.

El panorama demográfico se completa con la estructura de los hogares, que refleja el modo en que las personas se organizan solas o con otras para proveerse de un techo y cubrir sus gastos cotidianos. La pauta general compartida por más de tres cuartas partes de los hogares metropolitanos es vivir en familia, es decir, convivir con una pareja y/o hijos.

Ahora bien, las “familias tipo”, integradas por una pareja sola o con sus hijos, constituyen solo la mitad de los hogares, y coexisten con otras formas familiares que incluyen la monoparentalidad (madre o padre con hijos) y el allegamiento de otros familiares y no parientes, así como con hogares constituidos por una única persona.

Los contextos de la ciudad de nivel socioeconómico más bajo se caracterizan por el escaso peso de los hogares de una persona, el mayor tamaño de los hogares de más de una persona (al punto de que el 38% tiene 5 o más miembros), la mayor presencia de familias, que alcanzan el 85%, y por la mayor frecuencia de arreglos residenciales que incluyen la incorporación al hogar de personas ajenas al núcleo familiar.

Lo que está por detrás de estos grandes números son los distintos comportamientos demográficos que los grupos sociales imprimen en el territorio de la ciudad, determinados a su vez por una conjunción de factores en la que se encuentran tanto pautas culturales específicas como desigualdades en el acceso a los recursos.

Los demógrafos han documentado ampliamente el hecho de que las familias pobres tienen una dinámica demográfica más acelerada, lo cual valió que la propia Susana Torrado bautizara “Vivir apurado para morirse joven” uno de sus trabajos más conocidos: los jóvenes salen de la familia de origen para formar una propia más temprano, las mujeres tienen hijos más pronto y en mayor cantidad y las personas mueren antes.

Decidir cuántos hijos se tiene y cuándo, llegar a viejos, contar con una vivienda propia para hacer una primera experiencia independiente al salir de la familia de origen, para formar una familia o para transitar la vejez, no son derechos que estén garantizados para todos.

Figura 2. Pirámides de población según nivel socioeconómico del área. Aglomeración Gran Buenos Aires, 2010.

Fuente: elaboración personal con base en INDEC, Censo Nacional de Población, Hogares y Vivienda 2010

Cuadro 1. Estructura demográfica de la población y los hogares según nivel socioeconómico del área. Aglomeración Gran Buenos Aires, 2010

Fuente: elaboración personal con base en INDEC, Censo Nacional de Población, Hogares y Vivienda 2010

1Población censada en viviendas particulares.
2 Unipersonal: conformado por una única persona; familia completa nuclear: pareja sola o pareja con hijo(s); familia monoparental nuclear: madre/ padre con hijo(s); familia completa extensa/ compuesta: pareja sola o pareja con hijo(s) + otros parientes y/u otros no parientes; familia monoparental extensa/ compuesta: madre/padre con hijo(s) + otros parientes y/u otros no parientes; otro: personas no emparentadas y/o parientes no nucleares.
3Cantidad promedio de personas.

La vulneración de derechos básicos en determinados sectores de la ciudad es aún más evidente cuando se estudian las características educativas y ocupacionales de la población y sus condiciones habitacionales.

En relación con el acceso a la educación, áreas con condiciones socioeconómicas diversas se traducen en brechas educativas profundas. Si bien el analfabetismo no constituye un problema significativo en esta ciudad, las principales desigualdades se vinculan con la extensión del recorrido realizado en el sistema educativo formal.

En las áreas de nivel socioeconómico muy bajo, 2 de cada 10 adultos no completaron los estudios primarios, y casi 6 de cada 10 apenas terminaron el nivel primario o cursaron algunos años del secundario. El acceso a la educación superior en estos entornos –ubicados en su mayoría en la periferia de la aglomeración, alejados incluso de las nuevas ofertas educativas, que tendieron a emplazarse en los centros de los municipios del Gran Buenos Aires– es fuertemente excluyente: menos del 1% cuenta con título universitario, y un porcentaje apenas mayor completó los estudios terciarios.

Este panorama educativo constituye el extremo inferior de una gradiente de situaciones cuyo extremo opuesto (las áreas donde priman las condiciones socioeconómicas más favorables) parece remitir a una ciudad diferente, donde la población que no completó el primario es prácticamente inexistente y más de la mitad (51,3%) cuenta con título universitario.

Los niños y jóvenes que están en edad escolar (entre 15 y 17 años), en su amplia mayoría se encuentran escolarizados, pero la asistencia a la escuela se encuentra atravesada por otras brechas que afectan las posibilidades de inserción futura de los jóvenes. Un problema fundamental en este sentido se vincula con el acceso a la tecnología. En los entornos de nivel muy bajo, casi la mitad (47,3%) de los niños y adolescentes en edad escolar no usan computadora y tres cuartas partes de los hogares no cuentan con computadora en la vivienda.

En lo referente al acceso al mercado laboral, en el año 2010 el nivel de desocupación entre la población económicamente activa era de 5,8 en la Aglomeración Gran Buenos Aires, con una tendencia a profundizarse cuanto menor es el nivel socioeconómico del área, llegando a 7,0 entre las de nivel más bajo.

Cuadro 2. Características educativas y ocupacionales según nivel socioeconómico del área. Aglomeración Gran Buenos Aires, 2010

Fuente: elaboración personal con base en INDEC, Censo Nacional de Población, Hogares y Vivienda 2010

1 Personas de 25-64 años que no asisten o nunca asistieron.

En lo que respecta a la vivienda, como tendencia general, en las áreas de nivel socioeconómico más alto hay un claro predominio de la construcción en altura, mientras que en los entornos de nivel bajo y muy bajo casi 9 de cada 10 viviendas son casas. Los ranchos y casillas –que en contextos urbanos suelen vincularse con la presencia de asentamientos informales y villas–tienen un bajo peso en Buenos Aires (2,5%), y aun en las áreas de nivel muy bajo apenas superan el 10%.

En gran medida esto se vincula con el grado de consolidación que han alcanzado muchas urbanizaciones informales, particularmente en la ciudad de Buenos Aires, donde el tipo de construcción predominante no son casillas sino casas y departamentos, más o menos deficitarias en términos de materialidad o terminación.

Aun así, son diversos los problemas habitacionales que atraviesan a los sectores más vulnerados. Por un lado, hay grandes déficits en cuanto a calidad de las viviendas y dotación de servicios básicos. En las áreas de nivel socioeconómico bajo y muy bajo, una importante proporción de viviendas (22,6% y 37,6%, respectivamente) cuentan, por ejemplo, con pisos y techos de materiales poco resistentes o de baja calidad, que no proveen de la protección y aislamiento adecuados.

Asimismo, en estos entornos (e incluso, buena parte de los sectores intermedios) el acceso a los servicios de agua de red y cloacas sigue siendo una asignatura pendiente para parte importante de los hogares, al punto de que en el extremo donde prima el nivel socioeconómico más bajo, el 77,5% de los hogares no tiene agua de red en el interior de la vivienda y 92,3% no cuenta con baño con descarga a la red cloacal.

Por otro lado, es frecuente que en los sectores de la ciudad de nivel socioeconómico más bajo el habitar cotidiano esté atravesado por la inestabilidad y las situaciones de hacinamiento, al punto de que alrededor de 2 de cada 10 hogares habitan una vivienda de forma irregular (sin ser propietarios o inquilinos), una cuarta parte de los hogares padece algún nivel de hacinamiento y se encuentran más extendidos los arreglos habitacionales donde más de un hogar comparte vivienda.

Para completar este cuadro, si se toma un indicador clásico de pobreza estructural como son las Necesidades Básicas Insatisfechas (NBI), un 24% de los hogares de las áreas de nivel más bajo padece al menos algún tipo de privación.

Cuadro 3. Condiciones socio-habitacionales según nivel socioeconómico del área. Aglomeración Gran Buenos Aires, 2010

Fuente: elaboración personal con base en INDEC, Censo Nacional de Población, Hogares y Vivienda 2010
1Pisos y techos de materiales poco resistentes y sólidos o de baja calidad.

Reflexiones finales

Abordar la dimensión territorial de la pobreza urbana dirigiendo la mirada hacia aquellos entornos que se tiñen de rojo en la cartografía por concentrar a los sectores más desfavorecidos de la población de Buenos Aires, y descomponiendo y especializando indicadores sociodemográficos, aporta al debate algunos elementos fundamentales para pensar la problemática.

Por supuesto que este ejercicio analítico no debe llevarnos a esencializar un fenómeno que es eminentemente multidimensional (todo abordaje involucra un recorte–en este caso, la selección de determinadas dimensiones de la condición socioeconómica de la población– y, por lo tanto, una construcción), heterogéneo (un área considerada pobre no implica que todos sus habitantes lo sean, o que lo sean por idénticas causas), dinámico (dado que la condición de “pobre” no es un atributo permanente y la experiencia urbana no se circunscribe al lugar habitado, sino que este es desbordado por la movilidad cotidiana), y cuyos límites sociales y territoriales (dónde trazar el umbral entre pobres y no pobres, o entre áreas pobres y áreas no pobres) son complejos, pues remiten a una pluralidad de situaciones que escapa a toda dicotomía.

Con todas estas advertencias, explorar la dimensión territorial de la pobreza urbana resulta imprescindible, dado que el territorio no es simplemente un escenario, ni tampoco un mero reflejo de las relaciones y desigualdades sociales: es un factor activo que contribuye a la reproducción social.

La concentración espacial de grupos sociales históricamente vulnerados en determinados sectores de una ciudad surcada por fronteras tanto materiales como simbólicas, genera dinámicas particulares –tanto fortaleciendo lazos de solidaridad como perpetuando formas de exclusión social– y demandas específicas en términos de bienes y servicios urbanos.

Y el efecto territorio resulta en particular pernicioso cuando se trata de zonas pobres que además son intersticiales y periféricas, alejadas (en sentido geográfico, material y simbólico) de las luces de los centros y subcentros urbanos.

Referirse entonces a “la ciudad” en términos unitarios oculta las múltiples ciudades (dinámicas, complejas y en disputa) dentro de Buenos Aires, que desafían los imaginarios colectivos y nos interpelan a (re)pensar al conjunto urbano. El panorama trazado por muchos de los indicadores sociodemográficos analizados –que insistían en tomar la forma de una “escalera” de valores ascendientes o descendentes en función del nivel socioeconómico del entorno–, da cuenta de una gradiente de situaciones sociales que, más allá de la discusión metodológica en torno a dónde trazar los umbrales entre ellas, pone en evidencia una estructura social desigual, con polos violentamente opuestos, que tiene una clara expresión territorial.

Y la territorialidad de la pobreza, cuya trama en el mapa no reconoce límites político-administrativos, conlleva renovados desafíos para la gestión urbana, particularmente para un aglomerado como el Gran Buenos Aires, cuya superficie se despliega sobre dos entidades provinciales y más de una treintena de municipios con escasa trayectoria en el trabajo conjunto.

Algunos trazos del panorama sociodemográfico que permite construir los datos censales ya han hecho mella en el quehacer político –como la puesta en marcha del programa Conectar Igualdad frente al dato del bajo uso de computadora entre la población escolar de zonas pobres, los planes de ampliación de la red de agua y cloacas a nuevas zonas de la ciudad o los programas de mejoramiento de barrios–, pero las brechas aún son numerosas, y los procesos de vulneración persisten y se renuevan.

Y, en este contexto que es la principal aglomeración del país, también los umbrales históricos de la pobreza se re significan: ya no se trata (o no solo se trata) de vivir en casillas de materiales de desecho, sino que hay que acercar la lupa a la materialidad de la vivienda, su equipamiento y adecuación a la estructura del hogar; ya no se trata (o no solo se trata) de la persistencia de población no escolarizada, sino que las desigualdades se juegan en la extensión del recorrido realizado en el sistema educativo formal; ya no se trata (o no solo se trata) de saber leer y escribir, sino que hoy se configuran nuevos umbrales en torno al dominio de las nuevas tecnologías.

La problemática de la pobreza, como manifestación extrema de la desigualdad social, requiere más que nunca de miradas integrales que replanteen las fronteras del fenómeno y sus implicancias en contextos sociohistóricos concretos.

*Integrantes del grupo Voces del Fénix,  de la Facultad de Económicas

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