“La propia opresión siembra el germen de la rebelión. Al principio muy lentamente y solo en algunas personas. Con el transcurso del tiempo son más los que se incorporan y rápidamente se transmite de boca en boca.
La autoridad, enterada de esto, logra abortar casi todos los intentos de protesta desde sus comienzos.
Pero generalmente uno prospera secretamente, se expande, capta cada vez más adherentes, se nutre de armas y apoyos, hasta que estalla.
Cuando esto sucede la matanza es cruel y masiva por ambas partes, hasta que una de ellas alcanza la precaria victoria.
Si es el Estado, las diezmadas fuerzas rebeldes, desde la clandestinidad, continúan su lucha en forma de guerrilla urbana, hasta que son aniquiladas o consiguen revertir la situación mediante el apoyo popular, haciendo insostenible la estabilidad del gobierno.
Si quien triunfa es la sedición, se instaura un gobierno provisional que, a los tumbos, intenta, en algunos casos democratizar el país y, en otros, crear una nueva forma de tiranía. En este último caso todo vuelve a comenzar.”
No soporto más la conferencia y salgo del salón. Que forma tan imbécil de simplificar las cosas. Que poco conocimiento de las tantas realidades que se entrecruzan, de tal modo que uno no sabe cual es la verdadera. Que fácil es hablar de los hechos sin haberlos vivido, dando una gran sensación de erudición. Y, sobre todo, que simples y banales se hacen aparecer, después de veinte años, las luchas por un futuro mejor.
En el bar me encuentro con mis amigos de toda una vida de activismo.
– ¿Y, que tal la conferencia?, pregunta Carlos.
– Este Rodríguez Pelaez es un patán. Quiere dar cátedra de cosas que apenas conoce y que afirma con una soberbia exasperante. Se olvida que cuando fue el estallido el estaba en Europa, disfrutando el dinero mal habido por su padre en negociados con el poder.
– ¿Qué dijo? Jorge me mira esperando una respuesta.
– Una serie de pavadas sobre las dictaduras y los movimientos de liberación, que solo puede expresar quien nunca estuvo metido en el problema. Lo más irritante es que casi todo el auditorio lo aplaudía y vitoreaba. No pude soportar tanta pavada y me fui.
– ¿Qué proponés, Esteban? La chillona voz de Luis, que tantas veces estuvo a punto de delatarnos, hace que varios parroquianos den vuelta las cabezas para mirarnos.
– Voy a analizar todo. No se puede permitir que se degrade tanto nuestra participación. Mañana a la tarde nos volvemos a encontrar en casa. Vengan con ideas.
Nuestras actuales actividades como hombres de ventas no despiertan curiosidad en los vecinos cuando nos reunimos en alguna de nuestras casas. Pudimos volver a la vida civil plena sin que hubieran trascendido nuestros nombres y hoy, integrantes de la sociedad, estamos lejos de las épocas oscuras.
Salimos del bar y nos separamos. Una tristeza amarga me acompaña. Fueron muy dolorosos y duros los años de activista. Jefe, me llamaban mis compañeros. ¿Jefe de qué?, si apenas podía dirigirme a mi mismo. Tres veces estuve a punto de ser capturado por las fuerzas de seguridad, y de todas pude escapar gracias a mi grupo de combate.
Con cuanta expectativa e ilusiones habíamos aclamado la llegada de Morel a la presidencia. Cuanta desilusión nos fue causando progresivamente, con sus medidas cada vez más antipopulares y dictatoriales que lo llevaron, al cabo de dos años de gobierno, a disolver las Cámaras, remover a los jueces y alzarse con el poder absoluto, con el apoyo de las tres fuerzas armadas.
Muchos de nosotros fueron capturados, torturados, mutilados, muertos.
¿Que sabe ese Rodríguez Pelaez de vivir escondido en sótanos o en covachas inmundas?
Al principio habíamos realizado pequeños asaltos para juntar dinero y poder comprar armas en el mercado negro. Los golpes fueron cada vez más importantes, a medida que crecíamos como fuerza. Asaltos a bancos y armerías y secuestros nos proveyeron de los elementos necesarios, y la red se fue extendiendo por todo el país.
El descontento popular era severamente reprimido. La censura solo permitía acceder a la información que el gobierno autorizaba.
“Los muchachos” nos llamaba la gente. “Delincuentes, asesinos, desestabilizadores” nos denominaba los medios dominados por las autoridades.
Al llegar a mi casa noto cinco mensajes en el contestador. Todos son de ex compañeros indignados por la conferencia. Llamo a todos y los tranquilizo.
La mañana llega como un alivio a mis pesadillas nocturnas.
Salgo y me reúno con un par de diputados, viejos compañeros de combate, para analizar la situación. Luego almuerzo con un senador y un juez, que también llevan la carga de un pasado clandestino de lucha y supervivencia.
A mi no me endulzaron las mieles del poder. Preferí quedarme en el llano, pasar desapercibido.
Vuelvo a mi casa para recibir a los citados. Cuando estamos todos vamos desgranando las posibles respuestas al atropello.
Los que hasta ahora nunca tuvimos exposición pública deseamos seguir así. Los que lograron cargos oficiales no quieren que se remueva su pasado.
Una solicitada es poco. Una movilización nos expondría y no es oportuna. Una rueda de prensa es débil.
– ¿Y si lo raptamos y lo obligamos a que, en otra conferencia, reconozca sus errores?
Las palabras de Carlos nos sacuden. Enmudecidos nos miramos. Toses nerviosas pueblan el silencio.
Que alejados estamos de aquellas prácticas. Si bien fuimos eficientes en el tema, y aun tenemos un arsenal escondido “por las dudas” la idea parece descabellada.
Tras un par de horas de discusión y análisis nos convencemos que es la mejor opción, tal vez la única, para resolver la cuestión.
– Debemos tener cuidado con el peor enemigo. La traición está e esperándonos en cualquier esquina. Miro fijamente a los ojos a todos y me sostienen la mirada. Hay que volver a poner operativa la casucha para guardarlo.
Sin gran esfuerzo pergeñamos el plan. El próximo miércoles, a las veinte horas, da una charla en el Auditorio Fénix. Nos dividimos las tareas. Cada cual sabe lo que debe hacer. Nos quedan cuarenta y ocho horas de actividad y organización final.
– Yo lo estaré esperando. Usen un auto robado.
Se van. En mi soledad siento un duro apretón en el pecho. Por primera vez tengo miedo. No ese temor que se siente antes de entrar en combate y que ayuda a pelear sino un pánico interior que me conmueve.
El martes pasa lentamente. Escribo la declaración que deberá decir Rodríguez Peláez. Nadie me llama. Buena señal.
El miércoles por la mañana hablo desde un teléfono público y luego de un par de comunicaciones me tranquilizo. Todo se está llevando a cabo como estaba previsto.
Provisto de un pasamontañas y los papeles voy, en colectivo, hasta los suburbios. Me bajo a unas diez cuadras del lugar y llego caminando. Entro en la casucha, que ya está preparada, y me siento a esperar. Falta una hora.
Siento el ruido del motor de un auto y me preparo. Bruscamente tres policías me atrapan, me esposan y me llevan detenido a una comisaría. Ninguna de mis preguntas tiene repuesta. Solo un brusco: cállese.
Paso la noche en una celda miserable y a la mañana, quien presumo es el comisario, me tira el diario del día. En primera plana aparece la noticia: “En un violento enfrentamiento con la policía fue desarticulada una banda de raptores que intentaron secuestrar al prominente sociólogo Rodríguez Peláez. Todos los integrantes fueron muertos durante el feroz tiroteo. Un cómplice, que aguardaba a la banda en una destartalada casa, fue detenido y está a disposición de la justicia”.
LA CONFERENCIA
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