Historias Urbanas Reales: VARITA MÁGICA

Me bajé del subte en la estación Congreso. Caminé por Callao hacia Bartolomé Mitre con mi bastón blanco que delante de mí detectaba posibles cambios en la vereda. Estaba buscando un negocio y tendría que cruzar la calle al llegar a la esquina. Oí que dos hombres que conversaban, callaron al verme y aproveché el momento para preguntar por la dirección. Uno de ellos dijo que si lo esperaba unos minutos, él iba en ese mismo sentido. Así fue que me tomé de su brazo y de pronto estábamos frente a un comercio cerrado. Coincidía con la numeración que yo buscaba.
El Hombre leyó en un cartel despintado: «Clínica de muñecas» y más abajo: desde 1942.–¿Una clínica de muñecas?¿Está segura que busca esto? Más bien parece una tienda de antigüedades abandonada.
–Me habían dicho que aquí vendían un elástico fuerte que llevan los bastones blancos que usamos los ciegos, le respondí, y desplegando los tramos de mi bastón señalé el elástico que los unía y que hacía posible plegarlo cuando no lo utilizo.
–Sí, es igualito al que tenía la muñeca negra de mi hermana por dentro. Claro que de esto hace ya más de treinta años.
–Bueno, huele un poco a telarañas o al túnel del tiempo. Sonreí.
Mientras él miraba la vidriera por si había algún cartel que indicara horarios o nuevo domicilio, me contó que trabajaba en la zona. Finalmente no había ningún dato, entonces volvimos. Yo pensé, equivocadamente, en el tiempo que había perdido. –¿Adónde va ahora? Me preguntó.
–Necesito cruzar Callao, le respondí, (sin sospechar el revuelo que estas palabras le causaron), pero déjeme aquí en la esquina si ese no es su camino, además, pasa mucha gente y cualquiera me cruza. El hombre me dijo gracias. Me sorprendió esa respuesta y me quedé pensando en ello mientras esperaba que alguna persona me ofreciera ayuda para cruzar. No venía nadie, era extraño en una avenida. Cuando de pronto escucho la voz del hombre a mis espaldas: –Mire… no viene nadie… la voy a tener que cruzar yo…… –Bueno, le dije, oyendo que los autos se detenían y disponiéndome a aprovechar el repentino silencio. Cuando subimos al cordón de la vereda de enfrente, él me dice: ¡muchas gracias!, «gracias a usted, la agradecida soy yo». Pude darme cuenta que estaba agitado. Parece que ya mas calmado y al retomar el aliento me explica: no, el agradecido soy yo, sufro de agorafobia… hace años que no podía cruzar Callao.
Caminamos unos pasos en silencio. Traté de ponerme en su lugar y para retomar la conversación le pregunté: ¿Fobia a los lugares abiertos? –Sí, es difícil explicarlo. –No es necesario… comprendo, le respondí. ¿Pero entonces cómo se animó a cruzar esta vez? . – «Un impulso. Justo no había nadie para ayudarla».
En un instante recorrí en la memoria el subte, la conversación, el negocio cerrado, el elástico de mi bastón, mi fastidio y la extraña causalidad de que nadie acudiera a ofrecerme ayuda en la esquina de una avenida y al final la cereza del postre, el cruce, una hazaña anónima. Coloqué la última ficha de un rompecabezas de porqués. –Sí, le dije, entendiendo un designio, fue una gran oportunidad.
Mientras tanto el Gran Titiritero me guiñó un ojo y continuó ordenando sus hilos cósmicos.

por Cecilia Susana Bergoboy

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