Historia real de prostitución masculina

Semblanza de la prostitución masculina, una historia de vida real, para tener “lo que me hace falta”

En un local bailable de la localidad bonaerense de Ramos Mejía, sobre la Avenida Rivadavia, el cliché de las mujeres argentinas en una despedida de soltera, o el comercio sexual masculino, está por comenzar como todo sábado por la noche: El show de striptease. No solo lo definen los gritos ensordecedores de ellas, ni el presentador que recita los nombres ficticios de los corpulentos hombres que están por moverse al compás de una danza brasilera. Las luces hablan por sí solas: la tonalidad tenue de color rojo ilumina la lujuria, despierta deseos sexuales y alumbra el marco propicio al frenesí.
Estas mismas luces de color rojo, también estaban encendidas en el departamento “B” del edificio de la Avenida Corrientes, en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Allí vive David, que tiene 35 años, el pelo castaño oscuro que armoniza con el color de sus ojos y sin un pelo de barba. Allí ejerce su propio negocio, el de la prostitución. Hoy tiene su departamento, de unos treinta metros cuadrados aproximadamente, con dos habitaciones y una cocina, un sillón estilo futón en el living, enfrentado al televisor LED de treinta y dos pulgadas y cuenta, despaciosamente, que gracias a su trabajo actual tiene lo que tiene y dejó una vida donde las necesidades básicas de subsistencia eran constantes. Mientras apoya un vaso con agua sobre una mesa de vidrio donde entrarían no más de tres personas, sigue hablando con un tono muy delicado, haciendo énfasis en cada “s” que utiliza en sus palabras a la vez que quiebra la muñeca hacia atrás.
Su familia siempre le aceptó estos hábitos.

El padre de David, porteño, y su madre, santiagueña, lograron asentarse en una casa muy humilde en la localidad bonaerense de Merlo luego de trabajar “con mucho sacrificio”, “a puro pulmón”. “Mis padres son personas ignorantes que no tienen formación académica y todo lo que tuvimos, con constantes necesidades, fue gracias a la labor con la fuerza”, dice David refiriéndose a su crianza junto a sus dos hermanas mayores. Él se autodefine como un artista, aunque sin especificar la especialidad, nunca pudo realizar trabajos que implicarán fuerza y es por ello que se ganaba la vida siendo modelo promotor de la marca Gillete. En el año 2001 cuando ocurrió la crisis financiera argentina, durante el mandato de Fernando de la Rúa, David se quedó sin trabajo al igual que gran parte de la población. Como necesitaba costear los gastos para sus estudios de masajista deportivo, empezó a buscar avisos en los diarios y vio una publicación sobre prostitución. Automáticamente, le despertó la fantasía por descubrir de qué se trataba aquel mundo donde mantenía relaciones sexuales con personas que no conocía y además, el beneficio de ganar ese dinero tan indispensable para él. “No tenía ni para comer”, susurra.
Gracias a un amigo suyo encontró una pensión donde vivían varones que ejercían la prostitución. Para poder trabajar en ese lugar, primero tuvo que mantener relaciones sexuales con el administrador del local a modo de prueba y luego abonarle un sesenta por ciento de las ganancias por los servicios prestados. Además, “si a esa persona le gustabas, tenías que revolcarte en la cama todas las veces que quisiera”.
“Eso es explotación”, dijo Chantal Stevens, coordinadora de la Oficina de Monitoreo de Publicación de Avisos de Oferta del Comercio Sexual en el Ministerio de Derechos Humanos de la Nación.
A pesar de estar inmerso en un contexto cinematográfico típico, David consideró que el sitio donde se encontraba era “bastante tranquilo” porque era gestionado por una pareja de varones homosexuales. Estas personas que él las define como “regentadores” intercambiaban a los hombres para que no acostumbren al cliente.
David resolvió que no quería seguir en ese ambiente, pero no le sería tan fácil irse si no tenía un sustento económico. Entonces, trabajó más de la cuenta para poder alquilar un departamento y dedicarse a la prostitución independientemente, promocionándose por internet.
Cuando comenzó a recibir clientes y podía tener un trato más personalizado con ellos, David fue receptor de historias donde el temor reinaba. “Por lo general me hacen muchas preguntas, porque la persona no sabe dónde se está metiendo”, cuenta, refiriéndose a aquellos departamentos donde además de comercializar con hombres, ofrecen personas transexuales y mujeres, donde los casos de robos y violencia sexual son moneda corriente. Sin embargo, él también fue protagonista del miedo: Sus turnos laborales eran de mañana y tarde, pero un día quiso conocer como era el ambiente de la noche y dejó su celular prendido en espera del primer llamado. Una vez solicitado, se dirigió a un departamento desmantelado, repleto de cajas que guardaban libros, artículos de cocina y ropa. “Daba la sensación de que se estaban mudando”.
Allí se encontró a dos hombres masturbándose mientras tomaban whisky y aspiraban cocaína, que le practicaron sexo entre los dos, “eran sumamente ordinarios”. Esa única experiencia le alcanzó para definir al ambiente de la noche como “turbio” y nunca más prender su teléfono en ese turno.
“Los hombres son quienes consumen prostitución”, afirmó David contando con los dedos de una sola mano las veces que recibió llamados femeninos”, “vienen desde varones homosexuales, hasta personas casadas, con hijos y sin ninguna edad específica”.
Cuenta que cierta vez tuvo un altercado con una persona: le abre la puerta a un hombre, que al instante quería comenzar el intercambio sexual.

-No es así- le dijo David, antes de informarle que primero debía pagarle.
-Bueno tomá, acá tenés la plata. Ahora que te pagué, tenés que hacer lo que yo te diga- respondió el hombre.

Luego de una discusión de varios minutos donde David le repetía que “esto no es así”, el hombre le pidió que le devolviera el dinero diciéndole que solo de esa manera se retiraría.

En este contexto, Mercedes Monjaime, activista en derechos humanos, explicó que en la construcción de la masculinidad existen algunos condicionamientos dentro de los varones que son proyectados sobre algunos preconceptos establecidos: “Pagar por el cuerpo de otro indica un lugar de superioridad, pero además ubica a esa persona en la posición de objeto”, afirma Monjaime “la prostitución es un modo de acceder a la posición hegemónica” por mostrar la fuerza del pagar.
David, al ser sometido, sería el último en el escalafón basado en la lógica del poder por tenencia de dinero, porque aunque afirmó que comenzó a ejercer la prostitución en modo de transición hasta conseguir estabilidad económica y “un trabajo normal”, también sostuvo que no le es tan fácil dejarlo por “estar atado” a las condiciones de vida que el dinero le permite. Su familia hace solo cuatro años que está al tanto de su actual profesión, algo que no le fue difícil esconder porque coincide con Stevens en que “la prostitución masculina es un tema oculto por el estereotipo masculino vigente que hay y que el estigma del comercio sexual va de la mano con una persona desempoderada, con autoestima muy baja, sometida al poder de otros”. Estas definiciones entre otras más cruentas, se le achacan solo a las mujeres que ejercen la prostitución. Esto impide ver que también hay varones en circuitos prostibularios.

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