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Por Guadalupe Bergiela, militante discapacitada
8 de junio de 2026
El Padre «Pancho» me abraza. Le agradezco. Le decimos cura ricotero porque le hizo un responso al Indio y se ríe. Cuando llego al ayuno están todos durmiendo. Me acuesto. Hablo de religión con un compañero, siento que no entiendo nada y asumo que el catolicismo no es catequesis del colegio. Tomamos mates, charlamos, nos reímos. Parece un retiro espiritual.
Cada algunas horas tenemos controles de presión, nos cuidamos en conjunto, sabemos del hambre del Pueblo, de las personas con discapacidad, de cómo nos hierve la sangre por nuestro Pueblo que parece dormido.
¿Viste cuando sentís las oraciones? Le digo a una compañera, y me acuerdo: «Señor, perdóname porque no se puede hacer huelga con la propia hambre. Yo me puedo ir, ellos no.» Sonrío.
Las oraciones se oran, pero fundamentalmente se viven. La comunidad, la solidaridad, el abrazo. Los curas me dicen que soy la hija de Norita (me dicen que soy la hermana de todas las batallas), se ríen.
Estoy feliz donde tengo que estar, junto a mis compañeras y compañeros.
Con Fabián Grillo (papá de Pablo), en el medio de la misa religiosa, pero sintiendo la misa ricotera.
Hay ruido de platos vacíos como dijera el Indio, y no vamos a dejar de luchar hasta que la dignidad sea costumbre.
